A pesar de lo temprano de la mañana,  el Sol  anunciaba otro día tan caluroso como los que estaban padeciendo en ese mes de Agosto del  año 1844. El  alguacil con paso ligero se dirigía en busca de Juan Morales, alcalde de Hortaleza, para transmitirle la noticia de que en la fragua había desaparecido la bigornia.  La primera reacción del Alcalde fue de sorpresa, para dejar paso a la indignación, tan pronto como se convenció de que la noticia era cierta.

El robo de una pieza de estas características no podía ser fruto de unos chavales, ni siquiera de un hombre en solitario, no se trata de una pieza fácil de transportar y mucho menos si se había producido sin que hubiera sido advertido por alguno de los vecinos del pueblo. El caso es que, en la noche anterior, había desaparecido la bigornia de la fragua sin que se tuviera el mínimo rastro de su desaparición.  

Bigornia Fragua, HORCAJUELO DE LA SIERRA (Madrid)

de darle vueltas en su cabeza y realizar las  primeras averiguaciones sin encontrar respuesta, Juan Morales  decidió convocar  a los concejales que formaban el Ayuntamiento. Con la máxima urgencia de que fueron capaces, Juan Molpeceres, Ruperto Santos, Matías Aragoneses, Pedro López y Manuel de la Riba, acudieron a la Casa Consistorial donde,  junto con el secretario Gumersindo Sanz, recibieron la noticia de la desaparición sin salir de su asombro.

Barajaron cuantas elucubraciones se les fueron ocurriendo sin que llegaran a ninguna conclusión definitiva. Aunque en lo más íntimo de su convencimiento existieran fundadas sospechas de que se trataba de un acontecimiento con un autor o autores de sobra conocidos, ninguno quiso expresar su sentimiento ante la posible reacción de los demás.

En previsión de que alguien tuviera algo que manifestar,  en relación a la desaparición de la bigornia, decidieron convocar a los poco más de 70 vecinos del pueblo que tenían derecho a voto para que  declararan si alguien había visto en las noches previas alguna persona abriendo la puerta de la casa de la fragua.

En la mente de todos los allí reunidos  no cabía ninguna duda de que  el responsable de la desaparición se encontraba entre los vecinos del pueblo y con toda probabilidad entre los asistentes a la reunión, por lo que, si alguien había visto algo en relación con ello,  difícilmente lo manifestaría públicamente y, mucho menos, se atrevería a  identificar al ladrón en esas condiciones.

Es de suponer que la Corporación también fuera consciente de esta circunstancia y que con la convocatoria, de  los vecinos, tratara de amedrentar al culpable, más que identificar al ladrón. Cómo era de esperar nada se aclaró en la reunión vecinal y el Ayuntamiento, por su parte, tampoco continuo con las pesquisas para aclarar el asunto, por lo que el ladrón quedó en el anonimato y la bigornia paso a mejor vida quedando el asunto en el olvido.

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